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Toda la obra

Cada cuadro, del primero al último. Toca cualquiera para verlo de cerca.

  • No todas las emociones llegan por separado.

    A veces llevamos en un mismo rostro más de una verdad: un ojo que todavía ve el color y otro que guarda una lágrima. Una parte de nosotros parece mantenerse firme, mientras otra sabe perfectamente lo que significa sentir dolor.

    Por eso pinté sus ojos diferentes. No son dos personalidades ni dos rostros opuestos, sino dos estados que pueden convivir dentro de una misma persona, al mismo tiempo.

    Su rostro está dividido en formas y colores distintos, pero no se rompe. Cada parte, por diferente que sea de las demás, sigue formando parte de ella.

    Y no quise que la lágrima fuera lo primero que se viera. La dejé pequeña, como esas emociones que a veces llevamos dentro sin que nadie las note. Quizás primero veas los colores y, cuando te acerques… la descubras.

    Ella no sonríe ni esconde su lágrima. Simplemente mira hacia delante.

    Dolió… y aun así. Cambió… y aun así. Cargó con todas sus contradicciones… y aun así, sigue aquí.

    Aun así.

  • Llegó después de la pregunta: ¿Me ves?

    Aquí, la mujer ya no busca una respuesta. Las diferentes partes siguen ahí, al igual que las contradicciones y los colores que no se parecen entre sí, pero ya no son algo que deba corregir ni esconder.

    Cada color lleva una parte de ella y cada forma conserva su lugar. Como las piezas de un mosaico, no necesitan ser iguales para crear una sola imagen.

    No se volvió menos compleja… simplemente aprendió a estar en paz con su propia complejidad.

    Quizás estar en paz con uno mismo no significa convertirse en una persona simple, sino dejar de luchar contra todas las personas que habitan dentro de ti y comprender que todas ellas forman una sola alma.

    Por eso la llamé: Mosaico del Alma.

  • Esta obra nació como un regalo, pero no quería regalarle algo que pudiera comprarse. Quería regalarle algo mucho más cercano a mí: yo misma.

    Fue también la primera mujer africana que pinté. Sin saber todavía que estas mujeres acabarían ocupando un lugar tan importante en mi obra, pinté en ella mis raíces, mi cultura amazigh, mis rasgos y mis colores. Pero en su rostro también quise dejar algo de él.

    Tiene dos ojos diferentes: el color miel representa mi mirada y el verde, la suya.

    Pinté Tú y yo después de una etapa difícil de mi vida, durante la cual estuvo a mi lado y me apoyó profundamente. Cuando llegó su cumpleaños, quise transformar una parte de todo lo que sentía en una pintura.

    Mientras la pintaba, solo tenía sus ojos en mi mente.

    Por eso, esta obra no habla de dos personas que se convierten en una y pierden su individualidad. Habla de dos identidades diferentes que conservan lo que son y, al mismo tiempo, se encuentran.

    Como las piezas de un puzle, cada una mantiene su propia forma, pero juntas crean algo que no existiría por separado.

    Dos identidades. Dos miradas. Dos colores. Cada una sigue siendo ella misma, pero juntas crean algo más grande.

    Tú y yo

  • No la pinté pensando que fuera yo, pero cuando la terminé, muchas personas me dijeron que se parecía a mí. Quizás porque, sin querer, terminó llevando algo de mí.

    No está feliz ni triste. Mira con más de una mirada y lleva más de una emoción al mismo tiempo.

    Es una sola mujer con muchos rostros interiores. Sus ojos no ven el mundo de la misma manera, y las diferentes partes de su rostro no representan una división. Son como las piezas de un puzle: cada una es diferente, incluso puede parecer contradictoria con las demás, pero cuando todas encajan, forman a una sola persona, completa. Sus raíces, su presente, sus emociones y sus contradicciones… todo forma parte de ella.

    Quizás por eso la llamé: ¿Me ves?

  • No vivimos con una sola voz.

    Dentro de nosotros habitan muchos rostros. Algunos los conocemos; otros solo aparecen en determinados momentos. Hay uno que ríe, otro que observa, otro que guarda silencio y otros que permanecen escondidos detrás de los demás.

    Pinté estos rostros entrelazados, sin un orden evidente, porque lo que llevamos dentro tampoco está ordenado. Un pensamiento se cruza con un recuerdo, una mirada aparece detrás de otra y una emoción desaparece antes de que podamos ponerle un nombre.

    En esta obra no existe un rostro principal, ni una única forma correcta de mirarla. Al cambiar su orientación, cambia también el personaje que ocupa el primer plano, mientras otros se esconden entre las formas.

    Desde lejos puede parecer un solo caos. Pero al acercarse, cada espacio revela su propio lenguaje: un punto, una línea, una espiral, una sombra, un ojo… como si cada fragmento tuviera su propia voz.

    Quizá no llevamos una sola persona dentro. Quizá llevamos una multitud entera. Dentro.

  • Esta obra ocupa un lugar muy especial para mí. Fue mi tercer dibujo, pero la primera vez que pinté sobre un lienzo y la primera vez que trabajé con pintura y color.

    En aquel momento ni siquiera conocía bien los materiales que estaba utilizando. Algunos colores eran transparentes, y recuerdo aplicar una capa tras otra simplemente para conseguir la cobertura que buscaba. Estaba aprendiendo mientras pintaba, descubriendo el color y el lienzo al mismo tiempo.

    Pero, aunque técnicamente estaba empezando, sí sabía lo que quería expresar con esta mujer.

    La pinté en un estado de calma y contemplación, a pesar del dolor que yo estaba atravesando en aquel momento. Levanté ligeramente su cabeza porque había una idea que se repetía dentro de mí mientras pintaba:

    A pesar de las dificultades, mi cabeza tenía que seguir en alto.

    Por eso su calma no representa la ausencia de dolor, sino la capacidad de mantenerse firme a pesar de él.

    La textura áspera del fondo representa la tormenta: todo lo que ocurría a mi alrededor, la dificultad, la confusión y la incertidumbre. Y en medio de esa tormenta, ella permanece quieta, en silencio, con la cabeza levantada.

    Hoy, cuando vuelvo a mirar esta obra, veo cosas que entonces todavía no era consciente de estar creando. Veo el comienzo de elementos que más tarde seguirían apareciendo en mi trabajo: la figura femenina, el rostro dividido, los colores intensos y distintas partes que se unen para formar una sola persona.

    Por eso la llamo Fragmentos de mí.

    Porque no es solo una mujer construida a partir de colores y fragmentos diferentes. También es una parte de mis comienzos, de la etapa que estaba viviendo y de la artista que empezaba a descubrir dentro de mí.

    Mi dolor, mi silencio, mi resistencia y mi decisión de mantener la cabeza en alto, incluso en medio de la tormenta.

    Fragmentos de mí.

  • El hilo rojo que une a ambas figuras no representa el comienzo de una relación, sino una conexión que siempre ha estado presente. Nace del interior, atraviesa los dedos y llega hasta la otra figura, donde se ramifica como raíces dentro de su mente.

    Esta obra nace de una experiencia profundamente personal: un diálogo interior que me ha acompañado durante mucho tiempo. Hubo momentos en los que me resultaba difícil comprenderlo, en los que lo vivía con miedo, inquietud y desconcierto.

    Con el tiempo, mi manera de percibirlo comenzó a cambiar. Empecé a preguntarme si aquello que intentaba comprender podía estar relacionado con mi propia mente, mi conciencia, mi alma o alguna dimensión de mí misma que todavía no sabía cómo interpretar.

    Quizá no necesite encontrar una respuesta definitiva.

    Me basta con saber que ya no vivo ese diálogo de la misma manera.

    Porque, a veces, la búsqueda del origen de una voz nos lleva hacia una pregunta mucho más profunda: ¿quiénes somos realmente?

  • Ya no intento borrar lo que me ha sucedido, ni ocultar las huellas que la vida ha dejado en mi alma.

    Sostengo el hilo entre mis dedos y comienzo a reparar lo que se ha roto dentro de mí, puntada a puntada, con una paciencia que no está libre de dolor y una esperanza que nunca se apaga.

    Cierro un ojo para escuchar lo que habita en mi interior y mantengo el otro abierto para seguir mirando la vida.

    No intento volver a ser la mujer que fui, ni pretendo esconder mis cicatrices. Cada puntada guarda una historia y cada marca me recuerda que sigo aquí.

    Aprendo que reconstruirme no significa volver a ser quien era, sino encontrar una nueva manera de ser yo misma.

    No soy una mujer sin heridas, sino una mujer que ha aprendido a sostener su propio hilo.

  • Hay encuentros que no necesitan palabras y conexiones que no nacen de las conversaciones, sino de los sentimientos que se transmiten en silencio.

    Dos mujeres se encuentran frente a frente, con los ojos cerrados. Entre ellas, una onda de energía emocional vibra con aquello que el lenguaje no alcanza a expresar.

    No sabemos cuál de las dos sintió primero ni cuál recibió esa emoción antes. Y quizá no importe, porque algunos sentimientos no viajan en una sola dirección, sino que se comparten en silencio entre las almas.

    La onda se intensifica y luego se calma, como el latido de dos corazones que se encuentran en un instante de profunda comprensión.

    Ninguna necesita explicar lo que siente, ni escuchar palabras para comprender a la otra.

    Porque, a veces, no buscamos a alguien que escuche nuestras voces, sino a alguien capaz de sentir aquello que no sabemos expresar con palabras.

  • Sobre mí caen las cargas de la vida. Algunas las veo venir, otras me sorprenden sin previo aviso.

    Llevo dentro de mí lo que mi rostro no revela y libro batallas de las que nadie sabe nada.

    Hay días en los que el alma me pesa, y otros en los que siento que el mundo entero se vuelve contra mí.

    Y, aun así, mantengo la cabeza en alto.

    No porque no sienta dolor, ni porque sea más fuerte que todo lo que me sucede, sino porque me niego a dejar que el sufrimiento determine mi postura ante la vida.

    Puedo cansarme, puedo llorar y puedo necesitar detenerme durante mucho tiempo, pero no permito que aquello que cae sobre mí me arrebate la dignidad.

    Porque el orgullo no significa negar la vulnerabilidad, y mantenerse erguida no significa estar libre de heridas.

    No siempre puedo controlar lo que la vida hace llover sobre mí, pero elijo cómo mantenerme en pie bajo su lluvia.

Obra original y encargos disponibles — najlae@najlaearts.com